Y el tipo estaba ahí, solo,
esperaba que cayera un milagro o algún sueño roto se reparara y tocara su
puerta, pero nada pasó, ni los sueños descartados lo visitaron ni la soledad
dejó de acompañarlo. Así estuvo gran parte de su vida, esperando y solo eso. Estaba
en una habitación oscura, con baldosas que prácticamente describían el camino
hacia una puerta bastante derruida, con un picaporte oxidado y en mal estado
que tenía ganas de quebrarse, el techo estaba bastante percudido por el
accionar de alguna gotera que lo molestaba, y las paredes ya estaban casi
negras por esa cosa rara que forma la humedad cuando uno lo deja, el encierro
era su triste compañía, no tenía idea de qué hacer, si pedir ayuda o no, pero
por las dudas se quedaba, era tan mediocre que no pretendía nada, se conformaba
con ver el piso, los muebles antiguos del lugar, y las paredes y baldosas
rasgadas.
De repente el pánico se apoderó
de Terpau, sintió que las paredes se volvían hacia donde estaba sentado, y esto
no frenaba, sus gritos de socorro no eran escuchados y su pobre alma estaba
atrapada como una bolsa en una corriente de aire fuerte.
Un día se dio cuenta de que podía
abrir el picaporte de bronce oxidado que completaba esa puerta de madera
descuidada y sin pintar, ¡Claro! dirán, ¡el picaporte estuvo siempre ahí! efectivamente, pero
el tipo no pensaba en eso, su mente se iba por otros caminos y prefería sentir
terror a buscar la simple solución.
Pensó que tal vez si inclinaba
esa pequeña palanca hacia abajo, la fuerza física -tal vez- que hacía que
desesperadamente el encierro lo sofoque, cedería y vería un mundo diferente al
que lo acostumbró la puerta.
Para él ya no quedaba otra, entonces abrió la
puerta, pero no vio ni un mundo mágico ni una gran plaza verde, ni nada muy
emocionante. Terpau se encontró con un extenso pasillo iluminado entre penumbras, rasgado y completamente oscuro al final de su recorrido, pero a
los costados del pasillo, podía ver otras puertas, había muchas, algunas
parecidas a la suya, y había otras incluso peores, de madera algo podrida y en
un estado claramente destrozado. Pero no todo era ruinas en ese lugar, había
puertas verdes, azules y amarillas, pero para poder alcanzarlas tenía que
saltar alguna baldosa que no tenía ganas de soportar su peso.
Solo le quedaba arriesgar,
porque no quería quedarse parado.
Dado el momento Terpau vio una
puerta azul que le fascinó, no sabía si era su pintura, sus terminaciones, su
picaporte brillante, o todo lo que la hacía tan linda a la vista, pero se dejó
llevar y en su emoción por llegar a la puerta pisó una baldosa que cedió ante
su peso, y tropezó. Para su mala suerte, había un vidrio tirado cerca de
donde calló, y como todo no podía ser tan feliz, el vidrio le corto el codo
derecho, la herida parecía bastante profunda, pero no de demasiada gravedad,
sin embargo sangraba, y bastante.
Pero el tipo se había vuelto tan
terco en esos momentos que le importaba poco si la sangre lo bañaba, o si el
dolor lo atormentaba, incluso se olvidó de que podía caer otra vez.
Y corrió hacia la puerta, y
llegó a ella, mancho de sangre todo el sendero, incluso la misma puerta, pero
pudo abrirla, y cuando la abrió no encontró nada mágico, solo el piso estaba
bastante bien, no era perfecto, pero si correcto, había lindos muebles, y una
ventana que le dejaba ver un parque.
Terpau seguía sangrando, pero en
ese lugar encontró una tranquilidad por lo menos temporal.
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